REFLEXION SOBRE LA VIDA... O LA MUERTE
rarezasdeunraro @ 03:19Una sensación de inestabilidad inundaba su ser. El primer rayo de luz que atravesaba su ventana había conseguido despertarle. “¿Cuántas ganas de vida debe de haber ahí fuera? Sin embargo, qué sólo y desorientado me siento yo aquí adentro”.
Para Rodrigo, la ilusión de la primavera que simboliza la fuerza de la vida, la calidez y pasión del verano y la tranquilidad y agradable nostalgia del otoño habían transcurrido en el ciclo de su vida.
Ahora le aguardaba el tiempo de recogerse, el frío en el rostro y en el alma, y en absoluto a lo largo de su vida se había dedicado a recopilar provisiones para llenar la despensa de su corazón.
Sabía a ciencia cierta que su alacena se encontraba vacía y que su vida quedaba a merced del severo invierno. Le bastaba con entornar sus ojos para sentir los heraldos que anuncian la llegada de la Dama del Alba.
Rodrigo hizo un esfuerzo para aupar su ya envejecido cuerpo y logró sentarse en el borde de su cama.
Repasó por enésima vez las imágenes, por las cuales, debiera sentirse satisfecho de haber vivido y que le otorgasen la serenidad y plenitud necesaria para abandonar este mundo.
Esbozaba una sonrisa recordando sus años de juventud, su primavera. En aquella época todo le parecía nuevo, todo estaba por llegar. Soñaba aún con realizar los sueños que le inquietaban y con intentar hacer de la felicidad el único fanal que le guiase en la oscuridad de su horizonte.
La realidad le fue abofeteando una y otra vez, haciéndole escupir sus ideales a cada sopapo recibido. Harto de responder facilitando a la vida su otra mejilla decidió abandonarse a la deriva. Y se dejó llevar por la corriente brava y espumosa que forma la opinión de los demás y el qué dirán.
Rodrigo sacudía su cabeza en forma de negativa cuando veía a un muchacho joven, prometedor e inteligente, desperdiciando su futuro, consumiendo quién sabe qué en quién sabe dónde. De repente sintió un dolor agudo en el pecho, un malestar súbito. No era un simple órgano corporal agonizando, era su corazón.
“En todos estos años no ha sido capaz de perdonarme”, afirmaba Rodrigo a sí mismo en voz alta.
En su corazón no había dejado de manar la sangre de la herida producida por la pérdida de su amor verdadero. Ahora lo sabía, pero entonces era demasiado joven y estúpido para darse cuenta.
“¿Por qué cuando llegamos a conocemos a nosotros mismos ya es demasiado tarde?”
La encontró cuando ya creía todo por perdido y con ella volvió a nacer. Compartió a su lado los momentos más felices de su vida y comprendió el significado de la palabra amor. Todos los días y las noches eran de verano cuando estaba junto a ella. Jamás creyó querer a alguien con tanta pasión, con tanta desesperación, con tanto miedo...
Pero los dos decidieron que eran demasiado jóvenes para tanto amor y que la edad y las ganas de vivir no eran compatibles con los lazos del sentimiento. Optaron por caer en el olvido antes que sufrir las heridas de la rutina, los celos o la infidelidad.
Rodrigo trató de refugiarse en las personas a las que llamaba amigas, aunque siempre supo que hay muy pocas dispuestas a ofrecer su amistad; compañerismo tal vez.
Pasaron muchas mujeres por su vida, demasiadas...
El otoño y la soledad empezó a pesarle sobre sus hombros y no renunció a la oportunidad de casarse. Al principio volvió a ilusionarse como un niño; tal vez quiso revivir los momentos pasados. Más tarde se derrumbó en la conformidad y la inapetencia sentimental. Quería a su esposa pero no se sentía honesto con ella. Se produjo entonces la separación matrimonial por mutuo acuerdo.
A partir de entonces vivió de los recuerdos, de la melancolía...
Rodrigo evocaba a su verdadero amor a través de todos sus sentidos: un parque, una calle, un “te quiero”, una canción, la suavidad de su cabello, el tacto de su piel...
Los años transcurrieron vacíos como un barco fantasma perdido en alta mar y convirtieron a Rodrigo en un viejo solitario, malhumorado y triste.
Abandonó su cama y entró en el cuartucho de dos por dos que llamaba baño. Se miró al espejo. Todavía le sorprendía que aquel viejo fuese él mismo. Repasó con la yema de sus dedos las arrugas que surcaban su rostro y cuestionó en voz alta: “¿Por qué te sigo recordando, amor? ¿Acaso me recuerdas tú a mi? ¿Qué ha sido de tu vida? Seguro que te casaste y te rodeaste de niños pero... ¿Eres feliz? ¿Has vuelto a encontrar el amor, o como yo, aún te lamentas por haberlo perdido?”
Como todas las mañanas desayunó un vaso de leche desnatada con tres galletas, se vistió y salió a dar un paseo por el parque. Había una temperatura agradable y decidió ir a buscar a Diego, su compañero de fatigas en sus largos paseos.
Llamó al timbre varias veces pero nadie respondía. Entonces cayó en la cuenta de que era sábado y de que su compinche debía estar en la casa de su hijo mayor jugando con los revoltosos de sus nietos.
Rodrigo fue esta vez solo al parque y se sentó en un banco a contemplar como jugaban a la pelota unos chiquillos de unos diez años.
Es curioso, reflexionó, qué poca importancia le damos a la muerte a lo largo de nuestra vida. La vemos lejana y nos creemos demasiado importantes como para caer en sus lúgubres brazos. Tal vez pensamos que mientras somos jóvenes somos inmortales.
Sin embargo la muerte forma la otra cara de la moneda y ser consciente de su existencia no es rendirse a ella, sino apreciar mucho más la vida y lo maravilloso que es despertar cada día.
Rodrigo ya sabía esto, al igual que vivir es encontrar un motivo para romper nuestras cadenas y salir de la oscuridad en busca de la luz.
A través de los años, Rodrigo comprendía que su motivo fue su amor y renunció a él.
Consiguió liberarse de sus ataduras y emprendió el viaje hacia la salida de la caverna, pero cuando llegó a ella algo le frenó. Tal vez fue el miedo a lo desconocido y el imponente resplandor de la luz de fuera lo que le hizo volver con el resto de los encadenados.
Sin embargo, aunque no vio lo que había en el exterior, solo el vislumbrar esa luz cegadora le hacía imposible volver a vivir en las sombras.
Puede que los que siempre hayan vivido en la profundidad de la caverna sean felices con lo que tienen, pero Rodrigo prefería conocer la existencia de la luz y sufrir por haberla perdido que ni siquiera conocer su existencia.
Lo único que hacía manar su herida era no haber tenido el suficiente valor de haber atravesado la salida hacia el exterior y se sentía como un inútil por no haber valorado en su momento lo que tenía delante de sus narices.
Levantó la cabeza mirando de frente al sol y entornando los ojos se dijo en voz baja:
“A buenas horas, Rodrigo, a buenas horas.”

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